Zenobia Camprubí. Una vida de película.

[social_share style=”bar” align=”horizontal” heading_align=”inline” text=”” heading=”” facebook=”1″ twitter=”1″ google_plus=”1″ linkedin=”1″ pinterest=”1″ link=”” /]Hoy os voy a contar una historia de película, una historia que podrían ser mil novelas. la historia de Zenobia Camprubí.

 
Raimundo Camprubí, el padre de Zenobia era un ingeniero de Caminos Canales y Puertos, quien durante uno de sus trabajos en San Juan de Puerto Rico conoció a Isabel Aymar, la que sería su mujer, de ascendencia mitad italiana mitad estadounidense, de una familia mercantil adinerada, bilingüe en castellano y en inglés. Zenobia Camprubí nació en 1887,  en una Cataluña con un ojo puesto en la exposición universal de 1888 en Malgrat de Mar, un pueblo de la costa catalana donde sus padres pasaban las vacaciones en el verano. Era la mayor de cuatro hermanos, todos educados en Harvard. Zenobia fue instruida por tutores particulares en Barcelona y a los nueve años la madre, recién divorciada de un marido vicioso del juego y arruinado en la Bolsa, se llevó a su hija a Nueva York, alli vivirán gracias a las arcas de la familia de si madre. Estudió en Columbia, fue inscrita en el Club de Mujeres Feministas, comenzó a escribir cuentos, participó en actividades culturales y filantrópicas según el más riguroso estilo de las élites neoyorquinas. Regresó a España en 1909 y con ese mismo espíritu liberal se instaló la joven con su madre en Madrid donde en compañía de matrimonios americanos asistía a conferencias en la Residencia de Estudiantes, en el Instituto Internacional de Señoritas fundado por Susan Huntington, en el Lyceum Club junto con Victoria Kent y se dejaba ver en las fiestas que daban los Byne en su piso de la calle de Gravina. En una pensión con pared contigua a esa casa vivía Juan Ramón Jiménez, y una noche a través del tabique de su habitación el joven poeta oyó al otro lado una risa femenina que le subyugó, de la cual no lograría evadirse en mucho tiempo.
Juan Ramón había sido desde pequeño un seductor, llegando incluso a enamorar a una monja en su época de estudiante y no cejaría en su empeño de conocer a quién pertenecía la carcajada del otro lado de la pared. Hasta tal punto llegó la obsesión del poeta que la familia de Zenobia se vio obligada a viajar a Nueva York para poner tierra de por medio con el nuevo pretendiente de la joven  pero aquello no iba a ser un impedimento para Juan Ramón, pues hasta allí viajó tras las huellas de nuestra protagonista. En esa misma ciudad se casarán en 1916, no sabemos si por amor o por aburrimiento.
A partir de ese momento, Zenobia pasó para sus allegados  y hasta el día de hoy en la mujer de Juan Ramón, Zenobia que traducía a Tagore, que montó una tienda de objetos populares para ayudar a familias de clases bajas, Zenobia la que hablaba 4 idiomas, Zenobia la que estudió en Harvard… La mujer de Juan Ramón. Que injusto es el pasado… Lo cierto es que se dice que Zenobia hubiera sido Zenobia sin Juan Ramón pero Juan Ramón nunca lo hubiera sido sin Zenobia y no lo decimos por el indudable talento del Nobel, si no porque ella se convertirá en su bastón, Juan Ramón no aprenderá a vivir sin ella. 
De  sobra es conocida la tendencia del creador de Platero y yo a las depresiones, necesitaba reposo, quietud y silencio para escribir 2 versos, Zenobia lo comprenderá y cuidará y animará al autor a continuar escribiendo, a levantarse de la cama, a comer, con una incansable sonrisa y encomiable paciencia, dejando de lado su faceta de traductora y escritora para ayudar a su marido.
Pero no entendamos a Zenobia como una mujer sumisa, por el contrario, ella es un testimonio excepcional del feminismo del S.XX, viajera incansable, emprendedora, traductora, con amplia formación en literatura, historia y música, escritora, maestra y periodista, Zenobia era vitalista, moderna y sobretodo solidaria.
Al comienzo de la Guerra Civil el matrimonio abandona España, La Habana, Nueva York, Miami para recalar finalmente en Puerto Rico, solo para que Juan Ramón encontrara algo de alivio al escuchar hablar su idioma. 
El exilio tiene un horrible compañero de viaje, un cáncer del que Zenobia es operada en Boston. Tras sucesivas recaídas Zenobia decide pasar sus últimos días en Puerto Rico, será su último viaje.
Dos días antes de la muerte su muerte reciben una llamada de Suecia, se ha otorgado el premio Nobel de Literatura a Juan Ramón, ella misma responde la llamada, lúcida y gloriosa, un premio a sus ansias, sus trabajos y su incomparable amor, un premio a sus sacrificios. 
Juan Ramón admitió que ese premio pertenecía a su mujer, a Zenobia quien pudo morir en paz, al ver que su obra estaba completa.
 
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